Elliana:

Unos días más tarde y al ver que la actitud extraña de Landon no cesaba, decidí tomar cartas en el asunto. ¿Cómo? Empleé uno de los dones que se me había otorgado: la escritura.

Pasé toda la tarde del domingo escribiéndole una carta a ese cabezota exponiendo mis sentimientos. Ya estaba harta que no contestara mis llamada y que no respondiera a mis mensajes. Era hora de que supiese la verdadera razón de su comportamiento con respecto a mí.

Me esmeré mucho en aquel gesto. Una de las cosas que debéis saber es que me gusta que mis trabajos estuviesen a la perfección, sobre todo si tenían un gran valor sentimental para mí, como lo era el caso de aquella carta. Así que trabajé horas y horas encerrada en mi habitación tecleando sin parar con la música borboteando a través de los pequeños altavoces que estaban en una de mis estanterías.

“Landon:

No sé por qué no me hablas. ¿He hecho algo malo? ¿Te he molestado? Llevo varios días pensando en ello y no consigo recordar si en alguna ocasión te he herido. Por favor, Landon, sea lo que sea, lo superaremos juntos.

Sabes que te quiero como un amigo. Me siento muy privilegiada por tenerte, lo sabes ¿no? Eres una de las personas que más me han apoyado durante aquel año de sufrimiento y agonía y quería que supieras que eso ha significado mucho para mí. Puede que nunca te lo haya dicho, pero siento no haber creído en tu sexto sentido en lo que se refiere a aquel hombre que me lastimó y cuyo nombre no mencionaré.

Por favor, Landon, háblame. No sabes lo mucho que me duele que no lo hagas y que me evites. No sé qué más hacer.

Sé que estás molesto conmigo y que tienes muchos problemas en tu vida. Yo no quiero ser uno de ellos. Yo quiero ser una de las personas que te apoyen, te hagan reír y te distraigan de tu día a día. No quiero ser tu enemiga, sino tu amiga.

Espero que leas esta carta, porque sino habré perdido mi tiempo en vano. Pero, bueno, quería que supieras todo esto.

Te quiere,

Elliana.”

Releí la carta una y otra vez en busca de algún error. Después, la pasé a mano. El sábado había comprado unos papeles especiales para cartas y un sobre. Escribí con la mejor caligrafía posible todo el contenido y una vez lo hube hecho, lo metí en el sobre y lo cerré. Escribí con letras grandes el nombre de mi mejor amigo.

Ahora solo quedaba dárselo.

. . .

El lunes a primera hora me puse a trabajar a toda máquina en el nuevo proyecto que tenía entre mis manos. Leer lo que otras personas habían escrito en cierto modo me hacían crecer como escritora. Cada día mis deseos de saltar al vacío y animarme a mandar uno de mis manuscritos se hacían más fuertes, pero sentía que todavía no estaba preparada.

Pasé la mañana tecleando, parando de vez en cuando para comer algún dulce que guardaba en el cajón de mi escritorio. Cuando estaba ansiosa por algo no podía evitarlo y mi carta, que todavía no había entregado, era lo suficientemente importante como para tenerme en aquel estado de agitación.

Pronto llegó la hora del almuerzo y con ella mis nervios incrementaron.

—¿Estás lista, Elli, para ver al hombre indomable? —bromeó Connor soltando un suspiro. Nosotros sabíamos que si no supiésemos que Derek Foster prefería a las mujeres, Connor ya se le habría declarado. Según me contó Luke, Connor sintió un flechazo por él desde el primer día de trabajo.

—No. —Luke negó con la cabeza—, pero gracias por preguntar.

No pude evitarlo, eché la cabeza hacia atrás y solté una serie de carcajadas. Me había levantado de mi puesto de trabajo y en esos momentos estaba en el cubículo de Luke, esperando a que él guardara todo para irnos a comer. Por el rabillo del ojo intercepté a Landon.

—Chicos, id bajando. Yo me reuniré con vosotros más tarde.

Ambos me vieron partir en dirección al despacho de mi mejor amigo, pero no dijeron nada. Avancé a paso rápido hasta que llegué a su altura. Llevaba conmigo la carta, guardada en un bolsillo de mi bolso.

—¡Landon, espera un momento! —lo llamé.

El aludido siguió caminando, haciendo caso omiso de mi voz. Como la persona insistente que era en ocasiones, le seguí y al ver que no me haría caso, estiré un brazo y lo detuve.

—Vamos, cuánto tiempo vas a seguir así. Por favor —supliqué.

—Tengo trabajo —dijo en un tono seco. Intentó zafarse de mi agarre, pero no lo consiguió. Me aferré a él como si la vida dependiera de ello—. Joder, cuando te lo propones, puedes llegar a ser más molesta que un grano en el trasero.

Bufé y me eché el cabello hacia atrás con frustración.

—Está bien, si eso es lo que quieres… —Metí mi mano en el bolso y busqué aquel sobre de tonalidades rosas—. Toma, quiero que lo leas cuando estés solo.

Después de habérselo entregado, me di la vuelta y me encaminé hacia la primera planta.

. . .

Aquella noche, recibí una llamada inesperada cuando estaba en medio de una de mis muchas batallas con mi cerebro. Digamos que tenía la mente embotada y ninguna de mis ideas salía con coherencia.

Miré el teléfono móvil y al ver quien estaba tras la pantalla me embargó una sensación de terror y alivio simultáneo que me dejó petrificada en el sitio durante unos segundos.

—¿Landon? —pregunté con voz temblorosa, pensando que quizá se trataba de un espejismo o que mi mente se había inventado aquello.

—Buenas noches, Elli. ¿Podemos hablar?

Alcé una ceja. ¿No era eso lo que estábamos haciendo?, me pregunté.

—Claro.

Escuché un ruido raro de fondo.

—No, me refiero a sí podemos hablar cara a cara.

—Por supuesto, pero me temo que…

—No te preocupes por ello. Estoy fuera de tu edificio. Este imbécil no sabía si tocar el portero o no. —Escuché que reía y su risa fue tan contagiosa que de mi garganta brotó una risita—. ¿Qué me dices? Te invito a cenar. Siento que te lo debo.

Me mordí el labio inferior. ¿Sería buena idea teniendo trabajo al día siguiente? Pero, por el otro lado, quería saber por qué razón mi mejor amigo había actuado de aquella manera tan extraña. Además, hacía mucho que no estábamos juntos los dos, solos. Así que mi veredicto fue muy obvio.

—Vale, en diez minutos bajo.

. . .

No había cesado de nevar en todo el día y aquella noche no hubo cambio alguno. El frío se colaba en todas partes, calándose hasta en los huesos. Me había abrigado con varias capas de ropa cuan cebolla, pero aun así fue en balde.

Bajé en el ascensor. Mi corazón latía con fuerza por la emoción de volver a ver a aquel gran amigo que llevaba sin dirigirme la palabra desde hacía ya casi dos semanas. Nuestro apartamento solo estaba en el tercer piso, pero el trayecto se me hizo eterno. ¿Qué le diría a Landon? ¿Le habría gustado mi carta? ¿Se habría mosqueado todavía más? Aunque eso último lo dudaba si él quería hablar conmigo en esos momentos.

“¡Por favor, llega ya!”, gritaba para mis adentros. Me carcomían mis ganas de correr y abrazarlo en caso de que me dejara, claro.

—Planta baja —escuché que decía el ascensor con aquella voz metálica tan familiar. Sonreí recordando el primer día que Genevieve, Winter y yo bajamos en aquella caja de metal. Al oír esa voz que al principio nos pareció salida de un película de terror nos asustamos. No estábamos acostumbradas a los ascensores inteligentes.

Salí y avancé con ansiedad, a paso rápido. Bajé los dos escalones que separaban el primer portal del segundo y una vez pasado los buzones y saludado a Mary, nuestra vecina de enfrente y cuya hija cuidábamos de vez en cuando, salí al exterior.

Me metí las manos en los bolsillos tiritando. De mis labios salía vaho y mi nariz al instante se me congeló. Busqué con la mirada a Landon y no lo encontré. Maldije por lo bajo. ¿Dónde estaría? ¿Me habría dejado plantada? ¿Se habría…?

Un claxon me sobresaltó y provocó que mi corazón se desbocara. “Imbécil”, pensé.

—¡Eh, tú! —escuché aquel grito a mis espaldas—. ¡Elli!

Resultó que aquel conductor había sido Landon. ¿Cómo no reconocí su coche blanco que tanto le gustaba? Mi amigo se apeó del vehículo y salió a mi encuentro. En el instante en el que osó salir a la calle, se metió las manos en los bolsillos de su abrigo negro. En cuanto vi aquella imagen, mis labios se curvaron hacia arriba, y en cuanto el me miró, me imitó. ¿Hacía cuanto tiempo que no me sonreía de esa manera? Dos semanas como mínimo. Lo había extrañado muchísimo, más de lo que en un principio admitiría.

—¡Landon!

No sé cómo, pero acabé saliendo disparada hacia él. Mi amigo extendió los brazos y me cobijó entre su cuerpo cuando el mío chocó contra el suyo. ¿Le había crecido el pelo?, pensé cuando pasé mis manos por su cuero cabelludo y se lo revolví, una pequeña manía que tenía. Me encantaba su tacto tan suave y sedoso.

—Lo siento, bichillo —le oí susurrar. Depositó un beso en mi coronilla con cariño y yo, que estaba emocionada, le devolví el gesto pero esa vez en la mejilla.

—No pasa nada, bombón. —Me separé de él sin perder la sonrisa. Me acompañó hasta el coche, con su brazo entrelazo en el mío, y me abrió la puerta del copiloto. Landon era como un hermano para mí, el hermano mayor que nunca tuve. Eso sí, estaba encantada con Jayden, mi hermanito menor.

En cuanto arrancó, puso una de mis canciones favoritas y yo, dejando atrás toda mi vergüenza, canté a pleno pulmón. Landon al principio se reía de mí, pero después se unió. No teníamos una gran voz, pero aquello no nos importaba. A ambos nos gustaba ir a karaokes. Tomar algo y, además, poder cantar era algo con lo que disfrutábamos. No hay nada como pasar un buen rato en buena compañía.

—¿En dónde vamos a cenar? —le pregunté un tiempo después.

Desde que me había visto, no había perdido la sonrisa. Adoraba verlo así, tranquilo y relajado. En ese momento fui consciente de que le hacía feliz aquella salida furtiva. Les había dejado una nota a mis amigas en la nevera para informarlas de mi paradero.

—He pensado que podríamos cenar un poco de sushi, ¿qué te parece?

Lo miré con toda la ilusión de una niña pequeña que abre los regalos de Navidad.

—¡Sí! Podemos ir a ese que tanto nos gusta…

—Japan & Sushi —dijo él por mí. Asentí con la cabeza con energía—. Pues allá que vamos.

Aquel restaurante se hallaba en el centro de la ciudad de Nueva York y era uno de los más cotizados de la ciudad. Me preocupé porque quizá no tendríamos ninguna mesa libre.

—He reservado. —Lo miré sin comprender. Él tenía la mirada fijada en la carretera. Las luces de la ciudad la iluminaban dándole al paisaje un aura mágica y vibrante de energía, aquella que yo tanto amaba. Poco a poco nos íbamos acercando al corazón de todo—. He hecho una reserva en el restaurante, pequeña. Suponía que querrías.

Landon era una de las personas que mejor me conocían. Sabía cuándo me encontraba mal y sabía cómo hacer que mi humor mejorase. También reconocía cuándo realmente me pasaba algo grande. Habíamos vivido tantas aventuras juntos que no era para nada extraño.

Una tímida sonrisa se dibujó en mis labios.

—Gracias… Por todo.

—Eh, te lo debía. He sido un completo capullo contigo y ni siquiera sabes la razón de ello.

Alcé una ceja con interés.

—¿Y cuál es la razón de que te hayas alejado de mí? Si es algo que he dicho, lo siento. Ya sabes que cuando viene Andrés, no soy persona. —Bajé la mirada con tristeza.

Landon soltó una oleada de carcajadas. Lo miré interrogante.

En un momento dado, mi mejor amigo aparcó el coche en uno de los aparcamientos subterráneos. ¿Ya habíamos llegado? Porque el trayecto se me había hecho corto.
Él no me contestó hasta que hubimos salido del vehículo.

—Elli. —Alargó una mano y me alzó la barbilla. Cuando lo miré a los ojos, vi arrepentimiento en ellos. Había dos pequeñas ojeras alrededor de sus ojos. Me pregunté cuánto tiempo llevaría sin dormir bien—. Tú no has hecho nada. He sido yo. Ya sabes que en la empresa son todos muy chismosos, ¿verdad?

—Sí, ¿pero qué tiene eso que ver?

Empezamos a caminar hasta salir de aquel lugar tan claustrofóbico.

Suspiró por lo bajini.

—Pues, se ha extendido un rumor sobre que nosotros o bien estamos manteniendo una relación sentimental o bien estamos follando como locos.

Me paré por completo en la calle como si mis pies hubiesen echado raíces en el suelo. Una señora se chocó conmigo y murmuró algo por lo bajo.

—¡Qué! ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? —No podía ser. ¿Quién en su sano juicio haría algo tan rastrero.

—¡Oh, por Dios! Había extrañado esa cosa tan mona que haces cuando te molestas. —Me imitó. Arrugó un poco la nariz a la vez que respiraba, por lo que parecía un conejito.

—¡No tiene gracia! Esto es serio. —Empecé a caminar de nuevo con pasos enérgicos.
Escuché su risa a mis espaldas. La había añorado tanto… le había extrañado tanto que en ese momento no podía molestarme con él. Sentí su respiración a mi lado y giré la cabeza. En efecto, estaba ahí, esbozando una sonrisa burlona.

—Bichillo, sabes que bromeaba.

—Lo sé. —Imité su gesto, juguetona. Me encantaba chincharle y tomarle el pelo—. Sabes que no podría enfadarme contigo. Eres tan adorable, bombón.

Llegamos al restaurante. Era un edificio de dos plantas decorado al estilo de Japón. Las paredes blancas estaban plagadas de cuadros de aquella cultura que a mí me parecía tan fascinante y las mesas estaban separadas gracias a los biombos en cuyo interior ponía el nombre del restaurante en su lengua. En el centro de la estancia había una fuente con forma de jarrón que en esos momentos vertía agua en el pozo. Su sonido era tan relajante…

En cuanto entramos, la calidez del interior nos envolvió en un suave abrazo. Suspiré con placer.

—Buenas noches y bienvenidos a Sushi & Japan. Me temo que hoy el restaurante está lleno —nos informó Will, el camarero que siempre estaba en la entrada.

—No pasa nada, Will. He reservado una mesa.

El susodicho nos miró y, cuando nos reconoció, nos lanzó una de sus sonrisas agradables.

—Dejadme mirar. —Bajó la mirada hacia la lista en donde tenían apuntadas toda las reservas y cuando encontró la que buscaba, asintió levemente con la cabeza—. Sí, aquí estás, Landon. Dejadme acompañaros hasta vuestra mesa.

Una de las cosas que más me gustaban dejando la decoración a un lado era la hospitalidad y la amabilidad de todos los trabajadores. Habíamos ido en muchas ocasiones y podría deciros que conocía a varios de ellos contando a Will. El servicio era muy bueno y la calidad de los alimentos todavía más.

Una vez que hubimos estado instalados, miramos el menú con ansia. Estaba hambrienta, lo admitía. Apenas había almorzado ese día por culpa del trabajo.

—¿Habéis decidido ya lo que vais a pedir? —nos preguntó Liam, uno de los trabajadores que conocíamos, con amabilidad. Vaya, qué rapidez.

Miré a Landon y él hizo lo mismo. Con una sola mirada supe lo que me quería decir.

—Lo de siempre, Liam.

—Hecho. —Anotó todo en su libreta—. Unos uramakis de California serán. ¿De beber que vais a pedir?

—Para mí un refresco de naranja y para ella, uno de cola, por favor.

Una vez hubo apuntado nuestro pedido, se fue a la cocina. Unos minutos después, ya con la comida sobre la mesa, decidí retomar el tema.

—Así que piensan que tú y yo somos follamigos o que, por lo menos, hay rollo entre nosotros.

Landon se metió un gran trozo de sushi en la boca y lo masticó con fuerza. Solo verlo con los mofletes hinchados me hizo reír. Parecía un niño pequeño.

—En efecto. Por eso me he comportado de esa manera contigo, porque no quiero que esos rumores estropeen nuestra paz.

Estiré el brazo y agarré la mano que no sujetaba los palillos. Como buenos comensales, sabíamos usarlos correctamente, de lo que yo me enorgullecía, por cierto. Me había costado una barbaridad adquirir esa capacidad.

Landon me miró a los ojos. Estaba serio. Sabía que el-qué-dirán le preocupaba y mucho. Suspiré. Él siempre había tratado de protegerme, desde el día en que nos conocimos. A veces era muy sobreprotector conmigo, como Jay.

—Sabes que eso no me importa. En el instituto yo no era nada popular entre mis compañeros y siempre había algún rumor sobre mí relacionado con mis gustos sexuales o con cualquier otra cosa. —Le acaricié la mejilla con ternura—. Pero, ¿sabes una cosa?, no me importa. Si pude con ello cuando era una muchacha inmadura, podré con ello ahora. —Le guiñé un ojo para darle seguridad.

—No es solo eso, Elli. —Landon se estaba mordiendo el labio inferior, lo que quería decir que se estaba debatiendo internamente. Me ocultaba algo, no cabía duda de ello.

Lo miré esta vez con el ceño fruncido.

—Entonces, ¿qué más es? ¿Qué me estás ocultando que no me quieres contar?

Apartó la mirada de mí y la posó en un punto lejano. Luego la volvió a posar en mí. Al final, bufó con fuerza y se pasó las manos entre su cabello castaño. Se sentía frustrado, lo sentía. ¿Qué era aquello que le preocupaba?

—¿Recuerdas el día en el que el señor Foster subió con nosotros en ascensor? —Asentí con la cabeza. ¿Cómo no recordarlo? ¿Cómo olvidar aquella mirada y a aquel hombre tan caliente que, admitía, hacía que mis piernas temblaran?—. Ese día él me citó. Me habló de los rumores y de la mala imagen que daban a la empresa. Intenté negarlo, lo juro. Pero lo que me mató fue que me dijera que la imagen empeoraba cuando esa mujer ya estaba saliendo con otro. ¿Por qué no me has dicho que estabas saliendo con alguien?

¿Qué? ¿Qué yo estaba saliendo con quién? ¡Joder!

—Yo… Yo no… Yo no estoy sa… saliendo con nadie —tartamudeé. Estaba sin palabras, petrificada. Mi mirada debía de ser la de un cervatillo asustado.

—Por eso he estado tan seco contigo —continuó él—, porque mi mejor amiga no me había contado algo tan grande y maravilloso como que estaba saliendo con un hombre.

—Yo no tengo novio, Landon —articulé al fin.

En ese momentos ambos nos quedamos callados, mirándonos el uno al otro. Se instaló un pequeño silencio en el que no nos dejamos de mirar. Parecía que ninguno pestañeaba de lo intensas que eran nuestras miradas.

—Ya sé que hace mucho que no sales con un hombre y que el último fue un gran hijo de puta, pero, bichillo, no debiste de habérmelo ocultado. ¿Sabes lo que me duele que no me cuentes esa clase de cosas cuando sabes que yo siempre te apoyaré en todo lo que hagas?

—No tengo novio —repetí.

—No tienes que ocultarlo. Si has conocido a alguien, estás en todo tu derecho de salir con esa persona. Solo quiero que seas feliz y que te cuides.

—¡Que no salgo con nadie! —exclamé alzando un poco más la voz—. ¿Cómo te lo tengo que decir? ¿En alemán? ¿Francés? ¿Castellano? —Y le dije aquellas cuatro palabras en esos tres idiomas diferentes.

Al principio el entrecejo fruncido de mi mejor amigo me dio a entender que no me creía, pero luego relajó ese gesto y lo cambió por un expresión de alivio. Lo miré con cautela.

Me sentía indignada. ¿Quién en su sano juicio le habría contado al señor Foster semejante mentira?

—Te creo.

Suspiré de alivio. Menos mal.

Después de esas palabras, continuamos cenando. Pero mi mente estaba a años luz de ahí. ¿Quién habría sido la persona que había osado en decir tal desfachatez? ¿Y porqué demonios lo había hecho? Que yo recordase, no tenía enemigos en la editorial. ¿Por qué alguien se molestaría en perjudicarme?

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Nota de autora:

Vaya, ¿quién se habrá inventado semejante chisme?

¡Ya era hora de saber qué mosca le había picado a nuestro Landon!

Otra cosa que quiero deciros es que han echo una reseña de “Palabras Enredadas”. Para leerla, pinchad aquí.

Eso ha sido todo. ¡Nos vemos! Besos.

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