Elliana:

Recuerdo que aquella semana fue de lo más estresante. Ni siquiera en la universidad acabé sintiéndome tan agobiada y tensa, sobre todo en la temporada famosa de exámenes en la que me pasaba días encerrada en la biblioteca municipal.

El lunes ya empecé mal desde primera hora de mañana. ¿Que qué ocurrió? Me quedé dormida y, por si eso no fuera poco, tuve que ir en ayunas al trabajo para no llegar tarde. Por suerte, llegué justo a tiempo gracias a que pedí un taxi.

—¡Elli!

Ese entusiasmo a primera hora de la mañana solo podía salir de dos personas. Y considerando que Genevieve estaba a kilómetros de distancia dando clases seguramente sin perder la sonrisa y contagiando esas inagotables ganas de conocer el mundo que tenía a todos sus alumnos, solo me quedaba una persona: mi mejor amigo.

—Te veo contento, Landon.

Sonreí, la primera sonrisa del día. Esperé a que él llegara a la entrada y juntos nos adentramos en el edificio. Tal y como hacíamos cada mañana, saludamos a Anna, quien nos dijo que ese día no podría asistir a nuestro almuerzo diario debido a que debía asistir a una reunión con la maestra de Jules, su hijo mayor.

Llegamos a nuestro piso y cada uno se fue a su respectivo puesto.

—Te veo luego —se despidió él.

—Pasa una buena mañana, bombón —me despedí yo y le di un beso en la mejilla con amor.

Ambos teníamos la tendencia de hacer ese tipo de muestras de cariño. Confiaba tanto en él que no sentía pudor ni vergüenza alguna cuando me cambiaba delante suyo. Habíamos pasado tantos momentos juntos, me había apoyado tanto durante aquellos años duros de carrera, que se había ganado mi completa confianza.

Me dirigí a mi cubículo de paredes blancas con toques negros. Tenía un escritorio enorme en donde había un ordenador de mesa para que pudiese trabajar más cómoda. También tenía un pequeño estante en donde había depositado hacía un tiempo unas carpetas repletas de los trabajos que había realizado. También disponía de varios cajones en donde guardé mi bolso sacando antes mi disco USB.

Encendí el ordenador de mesa y, mientras tanto, revisé aquella fotografía que mis padres nos hicieron a mis amigos y a mí una noche que los invité a cenar. En ella aparecíamos todos sonriendo con despreocupación. No pude evitar que aquel gesto se dibujara en mi boca.

Aparté la mirada cuando el aparato electrónico estuvo listo y puse el pendrive en el puerto para que pudiese enviarle a mi jefa todo el trabajo que había hecho aquel fin de semana. Había sido todo un reto teniendo en cuenta que no estaba tan familiarizada con aquellas palabras tan técnicas y, debido a ello, había tenido conmigo un diccionario de alemán que había resultado ser muy útil.

Descargué el documento y abrí el navegador. Esperé pacientemente a que la pantalla se cargara y, una vez conseguido, me metí en mi correo electrónico profesional. Revisé que todo estaba en orden y escribí el mensaje:

Para: Ingrid Land.

De: Elliana Jones.

Estimada señora Land:

Tal y como me ha pedido, he traducido el texto titulado ¿Por qué es tan importante dormir? He intentado asemejarme al lenguaje del escritor en todo lo posible. El texto está adjunto a este correo y es el único archivo que le envío.

Que tengo un buen día.

Elliana Jones.”

Listo, enviado. Trabajo terminado. Ahora, volvamos a lo que estaba.

Una hora más tarde, Ingrid se asomó por el lateral y dio un par de palmadas en la pared para que yo le prestara atención, pues había estado muy concentrada en mi trabajo.

—Elliana. —Sonrió con falsedad.

—Buenos días, Ingrid —la saludé yo con cordialidad—. ¿Has recibido mi correo?

—Sí, he estado leyendo tu trabajo y me ha gustado salvo el estilo que has empleado para traducirlo. Me ha parecido un tanto coloquial.

¡Oh, vaya! Así que le había parecido poco profesional…

—Sí, me ha costado mucho seguir a rajatabla el estilo del escritor del artículo. Te juro que si lo lees, sabrás que lo he pasado al inglés intentando cambiar lo mínimo.

Ella alzó una de sus cejas perfectamente perfiladas. Me daba la impresión de que no estaba creyéndome del todo.

—¿Ah, sí? Permíteme dudarlo.

¡Oh, por Dios! Allí estaba saliendo a flote ese lado suyo que la hacía tan zorra. Estaba viendo sus intenciones, me haría repetirlo de nuevo.

—Déjame aclararte que he seguido las instrucciones al pie de la letra. He cambiado lo menos posible y…

Pero no me dejó terminar. Golpeó la mesa con una mano. Me sobresalté. ¿Qué demonios estaba pasando por la cabeza de aquella mujer?

—¡El texto es algo vulgar! No me creo que el autor, un científico de renombre, haya escrito algo así. Así que solo me queda pensar que tú, una inepta, has hecho mal tu trabajo. No sé por qué estás aquí. No eres para nada profesional.

¿Que yo no era profesional? ¿Iba en serio? Porque aquella mujer no sabría diferenciar a un experto de alguien del montón. Según me habían dicho ella estaba ahí porque se había acostado con un montón de jefes… Aunque, si lo pensaba, yo también estaba ahí por enchufe, en cierta medida. No me había acostado con nadie, pero Landon me había ayudado. Él fue la persona que me avisó de que había una vacante en la sección de castellano.

—Pero…

—¡Nada de peros ni peras en vinagre! —me gritó por primera vez en el día.

Bufé y estuve a punto de decirle unas cuantas palabras que seguramente me habrían servido para ganarme el despido sino hubiese aparecido Landon.

—¿Qué pasa aquí?

Los ojos marrones de mi jefa se agrandaron al verlo. No era ningún secreto que Ingrid estaba colada por él. Lo sabíamos todos. Y habría pensado que ya se había revolcado con él si no le conociese lo suficientemente bien como para saber que Ingrid no era el tipo de mi mejor amigo.

—Señor Brooks —lo saludó ella esbozando una sonrisa repelente en sus labios pintados de rosa chillón—, le estaba diciendo a la señorita Jones que debía repetir de nuevo su trabajo, ya que ha utilizado un lenguaje no muy formal.

—Y yo le estaba diciendo a la señorita Land —contraataqué— que no he cambiado nada.

—¡Eso es mentira! —me acusó de nuevo llena de rabia.

Landon nos miró primero a una y luego a la otra, intentando tomar una decisión. Pasaron un par de minutos hasta que volvió a hablar.

—Señorita Jones, ¿podría enviarme el texto original y su traducción? Yo mismo lo revisaré. Si su trabajo es correcto, no tendrá represalias. En cambio, si su trabajo es incorrecto…

—Cosa que lo es —lo interrumpió mi jefa. La fulminé con la mirada, odiándola con todo mi ser.

—Si su trabajo es incorrecto —repitió de nuevo Landon lanzándole una mirada reprobatoria. Toma esa, zorra—, tendrá que repetirlo. ¿Me han entendido las dos?

—Sí, señor Brooks.

. . .

El martes por la mañana recibí una visita que no me esperaba hasta pasado una semana. Si, el amigo de toda mujer que la vista una vez al mes. Cuando estaba en mis días, estaba un poco más sensible de lo normal.

Así que cuando después del almuerzo Ingrid empezó a discutir de nuevo mientras me volvía a llamar inepta, le canté las cuarenta. Ese día no estaba el horno para bollos, siendo sincera.

Eso sí, salvo eso, fue un buen día. Landon me envió un correo diciendo que mi trabajo era correcto y que, por tanto, no me preocupara y continuase con lo mío. Y eso hice. Me enfrasqué tanto que no me di cuenta de que mi turno había finalizado si no hubiese sido porque Luke se acercó a mí cubículo.

—¿No te vas?

Fue ahí cuando alcé la mirada y vi que ya se había puesto su abrigo. Miré la hora en la pantalla y comprobé que ya eran las cinco.

—Sí, pero primero quiero terminar este párrafo. —Señalé el ordenador con la cabeza. Solo me quedaban un par de líneas que me llevarían a lo sumo diez minutos.

—Vale. ¿Quieres que te esperemos Connor y yo en la cafetería? Se me ha ocurrido que luego podríamos ir al cine.

—Oh, me encantaría ir. Me apetece ver una comedia romántica.

Luke elevó una ceja, pero no dijo nada al respecto.

—En ese caso, te esperamos en la cafetería. No tardes.

Vi cómo se alejaba y cómo se reunía con Connor. Sonreí pensando en mis planes y continué con aquello hasta que finalicé mi objetivo. Me estiré como un gato y guardé todo tanto en el disco duro como en mi pendrive.

Me levanté de mi silla de oficina negra, descolgué el abrigo de color vino que había traído y me lo puse. Saqué de uno de los cajones el bolso, metí el aparato que era del tamaño de una nuez y me lo colgué al hombro. Apagué el ordenador y salí de ahí.

El resto de la tarde lo pasé en buena compañía. Primero tomamos algo en la cafetería de la empresa y, después, fuimos al salón de cines que más cerca estaba de nosotros. Compramos las entradas, palomitas y gominolas (ir al cine sin suministros no tenía sentido) y nos metimos en la sala.

Me encantaba ir al cine, sentarme en aquellas butacas rojas y disfrutar de una buena película mientras uno estaba en buena compañía.

. . .

El jueves terminé por fin la traducción de Perlas Amarillas. Me sentí muy aliviada y triste a la vez. Había trabajado un mes entero en él. No creía que ya hubiese finalizado con aquel arduo trabajo. Fue tal mi felicidad que me pasé el resto del día sonriendo como una boba.

—¿Cuál es el siguiente que te toca? —me había preguntado aquella tarde Winter mientras trabajaba sentada en el suelo de su habitación. Llevaba días trabajando en algo muy grande, lo intuía, pero no quería decírmelo ni a mí ni a Genevieve.

Le había contado lo feliz que estaba por haberme quitado un gran peso de encima. Ella era consciente de lo duro que había estado trabajando y, por ello, no había dudado en preguntarme por mi siguiente proyecto.

—Pues, la verdad, no tengo ni idea. Espero que Ingrid no sea tan zorra de nuevo como para ponerme algún escrito que deteste. Ya sabes que odio el género de terror.

—¡Cómo no saberlo si con las pocas películas de ese género que conseguimos que veas no duermes! —exclamó Genevieve desternillándose de la risa. Me giré hacia ella y vi que se había doblado por la mitad. Estaba intentando calmar su risa en vano y solo consiguió contagiar a Winter.

—A veces eres muy miedosa, amiga mía. —Winter se encogió de hombros cuando encontró el aire suficiente como para decir aquello.

Alcé las manos a modo de rendición, esbozando una sonrisita vergonzosa.

—¡No es mi culpa que tenga tanta imaginación como para recrear la película en mi cabeza por la noche dándole finales alternativos!

Solo conseguí que sus risas aumentaran y que yo me uniera a ellas. Admitía que en ocasiones podría ser muy miedosa, pero es que odiaba aquellas películas cuyo objetivo era aterrar al público. No sabía cómo las personas disfrutaban con cosas como muertes a manos de muñecos diabólicos o fantasmas asesinos. Solo de pensarlo me daban escalofríos.

—¿Sabes que amo tus ocurrencias? —me dijo Winter levantando la vista del trozo de tela y acercándose a mí. Con un gesto me indicó que avanzara hacia la puerta, así que supuse que ya habría terminado—. Vamos, preparemos la cena.

A las tres nos encantaba cocinar. Cuando lo hacíamos, preparábamos los alimentos juntas, ayudándonos mutuamente. Mientras yo preparaba una buena lasaña ayudada de mi buena amiga Winter, Genevieve preparó una ensalada de frutas.

Amaba aquellos momentos en los que las tres podíamos comunicarnos sin palabras. No hacía falta que Winter me pidiera que hiciera la carne o que las placas ya estaban listas. Con una sola mirada sabía lo que quería. Lo mismo nos pasó con Genevieve. Con un gesto ella nos indicó que ya había terminado.

La cena la pasamos hablando entre nosotras. Al final Winter nos explicó por qué había estado tan ocupada:

—Mi jefe quiere organizar una pasarela solidaria y, para ello, me ha pedido que cree nuevos diseños.

¡Esa idea era genial! Winter siempre había querido diseñar ese tipo de ropa y aunque solo fuera para una buena causa y que seguramente no sería para nada televisada, me alegraba muchísimo por ella. Su sueño se estaba cumpliendo poco a poco. Se lo merecía. Había luchado mucho para alcanzarlo: primero sus padres se opusieron a que estudiara diseño y se lo tuvo que pagar ella misma; segundo, le había costado mucho conseguir aquel empleo; por último, le había costado mucho que su jefe viera el gran talento que ella tenía.

Así que sí, si uno quiere cumplir su sueño, debe luchar por ello todos los días. Además, llegar a la meta no es fácil, se tiene que pasar por una montaña de obstáculos antes de atravesar la línea de meta. Para mí Winter era un claro ejemplo de la perseverancia y pasión. Ojalá algún día yo pudiera decir que había cumplido mi mayor sueño: ser escritora. Pero sabía que todavía me quedaba mucho por aprender y mucha experiencia por adquirir.

—¡Me alegro un montón por ti! —exclamé con emoción.

—¡Por fin podrás ser partícipe de una pasarela! ¿Me dejarás ser tu modelo? —Como siempre Genevieve mostraba aquel entusiasmo que tanto la caracterizaba. No pude evitar soltar una risita.

—Claro, lo hablaré con Jeremy. Además, las modelos no tienen que ser perfectas.
Ambas la miramos: yo conteniendo una risita y Genevieve fulminándola con la mirada.

—¿Gracias?

Genevieve no estaba dentro del modelo que nuestra sociedad tenía en mente. Ella era una pelirroja muy bonita de piel recubierta de pecas adorables que casi siempre ocultaba bajo el maquillaje porque pensaba que le daban un aire más infantil e inocente. Tampoco es que estuviera muy delgada. A decir verdad mi amiga estaba algo rellenita y eso era una de las cosas que más bellas le hacían a mi parecer. Pero lo que más llamaba la atención del género masculino eran sus preciosos ojos pardos.

Y qué decir de mí. Era bastante paliducha y mi cabello rubio evidenciaba mucho aquello. Aunque en mi adolescencia había sufrido la temida etapa del acné, en esos momentos tenía la piel lisa y tersa. Mis amigos decían que amaban mis ojos porque decían que eran tan intensos que contrastaban con mi tono de piel.

Yo no me consideraba la clase de mujer que salía en las portadas de las revistas de moda. Jamás tendría el físico y el atractivo de aquellas mujeres que seguramente se pasaban el día en el gimnasio. Yo odiaba hacer deporte; solo salía a correr a veces porque era consciente de que necesitaba hacer una actividad física. Era más de estar encerrada escribiendo en mi habitación. ¿Se le podría considerar deporte a eso?

Así que cuando Winter dijo aquello, ninguna de las dos nos ofendimos. Ya habíamos pasado por aquella etapa hacía unos años atrás.

Continuamos con la cena, disfrutando de la compañía de las demás y cuando la noche estuvo bien entrada, nos acostamos.

El día siguiente fui en metro a la oficina. Tenía la suerte que una de las paradas me dejaba muy cerca del trabajo, a un par de manzanas de ahí. Tenía una media hora de viaje, así que aproveché para anotar un par de ideas que llevaban rondándome la cabeza aquella mañana respecto a la novela que estaba escribiendo. Cuando llegué a mi parada, me bajé.

Llegué con tiempo de sobra como para quedarme charlando con Anna. Adoraba a aquella mujer tan simpática que me había acogido desde el primer día, cuando choqué con ella sin querer y la tiré al suelo. Nunca antes había conocido a alguien que no perdiera nunca la sonrisa, ni siquiera cuando una extraña la había tirado al piso.

Como todos los días, Landon se encontró conmigo cuando entró por la entrada de cristal y juntos fuimos hacia los ascensores.

—¿Cómo crees que te irá el día, Elli?

Lo miré y no pude evitar esbozar una sonrisa.

—No sé por qué, pero tengo buenas vibraciones.

Me miró con picardía.

—Esas vibraciones seguro que te las ha hecho tu amigo de plástico.

—¡Landon! Eres un pervertido —lo acusé fulminándole con la mirada.

Él me tiró un beso.

—Pero me quieres igual. —Me guiñó un ojo y esa vez me dio un beso en la mejilla, cariñoso.

Abrí la boca para replicar, pero la cerré al ver a cierta persona acercándose a nosotros a paso rápido. ¡No podía ser cierto! ¿Por qué él de nuevo?

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¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Quién será la persona misteriosa? ¿Por qué Ingrid es tan zorra?

¡Nos vemos mañana! Besos.

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