Elliana:

A veces me preguntaba por qué Winter tenía carné de conducir. ¿Quién había sido la persona que la había visto capacitada para llevar un coche? Mi amiga era una conductora temeraria. Le gustaba correr y, cuando la situación lo requería, sacaba ese lado oscuro suyo que provocaba que se transformara en la persona peor hablada del planeta.

—¡Gilipollas! —gritó cuando un coche la adelantó en un semáforo.

Sí, ella era un encanto siempre y cuando no cogiese el coche.

La entendía a la perfección. Conducir por aquellas calles atestadas tanto de vehículos como de transeúntes no era algo que me apeteciera a mí tampoco. Esa era la razón por la que prefería el transporte público: no era tan estresante.
Por fortuna, llegué sana y salva a FosterWords, la editorial en la que trabajaba como traductora de libros. Amaba mi trabajo. Leer era algo que me apasionaba, al igual que los idiomas. Fue por eso que cuando Landon Brooks, uno de mis más fieles amigos de la universidad, me ayudó a conseguir aquel puesto, estuve a punto de besarle.
Hablando del rey de Roma…
—¡Buenos días, Elli! —Landon me vio salir del coche de Winter y se acercó a nosotras. Como buen amigo que era, conocía tanto a Winter como a Genevieve. Así que se agachó y, aprovechando la puerta abierta, saludó a mi amiga con una sonrisa seductora—. Hola, Winter.
—¡Qué pasa, guapo! —lo saludó ella.
Winter le dio un beso en la mejilla a modo de saludo, gesto que repitió él tanto con ella como conmigo.
—¡Disfrutad del trabajo! —nos deseó ella—. Landon, cuídamela.
—¡Eh! Ya soy lo bastante mayorcita como para cuidarme yo sola, ¿no crees, Landon? —Crucé los brazos alrededor del pecho y miré a mi mejor amigo del género opuesto. Su respuesta fue una sonrisa burlona y lo siguiente:
—No, pero has hecho bien en preguntarlo.
Bufé y fingí enfadarme.
—¿Cuántos años dices que tienes?
Winter y Landon tenían la mala costumbre de burlarse de mí en cuanto se les daba la ocasión. A pesar de ser algo molestos a veces, era consciente de que lo hacían con cariño. Además, en ese momento se me haría muy extraño que no lo hicieran, pues era algo habitual en ellos.
—Muy graciosa. ¿Podemos irnos ahora a trabajar? No quiero llegar tarde y que luego mi jefe me riña —dije con ironía.
Winter y yo miramos a Landon sonriendo. Él era mi jefe, el encargado del departamento de traducción de la editorial, un puesto que se merecía. No solo había sido el que más matrículas de honor había conseguido en la universidad, sino el que mejor cualificado estaba de toda la clase. Él, al igual que yo, había estudiado un Grado de Traducción e Interpretación. Además, ambos hicimos un máster universitario en Traducción e Interculturalidad. Eso sí, la mayor diferencia entre él y yo era que él dominaba una cantidad descomunal de idiomas mientras que yo era especialista solo en un puñado de ellos y sabía por encima otros tantos. Mi deseo era profundizar en mi dominio del japonés e hindi.
—Venga, os dejo. Tengo un diseño que terminar y otros tantos por crear. ¡Que paséis un buen día!
—Igualmente —dijimos Landon y yo al mismo tiempo.
Ambos nos alejamos del coche de Winter y avanzamos hacia el gran e imponente edificio. Era rectangular y estaba plagado de ventanas. Era de estilo moderno, con la fachada de apariencia metálica. Las puertas principales eran giratorias. A ambos lados había dos guardias de seguridad vigilando que no entrase nadie indeseado en el edificio. En lo poco que llevaba trabajando allí no había pasado nada tan grave como para que los de seguridad tuviesen que intervenir.
Cruzamos las puertas de cristal y al instante el frío de la mañana fue sustituido por el calor de la calefacción. Fue un alivio, pues tenía la sensación de no sentir mis manos aún llevándolas enfundadas en los guantes.
—Buenos días, señor Brooks, señorita Jones —nos saludó Anna Bell desde el otro lado de su escritorio. Era la persona más amable que había conocido nunca. Siempre nos saludaba a mi amigo y a mí todos los días.
—Buenos días, Anna. ¿Qué tal los niños? —le pregunte.
—Oh. —Se le iluminó el rostro. A ella le encantaba hablar de sus hijos—. Cada día están más grandes. Hoy al pequeño se le ha caído su primer diente, así que mi marido y yo ya estamos listos para hacer del Hada de los Dientes.
Sonreí, recordando aquellos retazos de mi infancia en los que la inocencia me envolvía. Esa época fue una de las más felices de mi vida en la que creía en los monstruos y en las hadas mágicas.
—¡Me alegro mucho por ti! —exclamó Landon imitando mi gesto.
—Gracias a los dos. Disfrutad de la mañana. Luego os veo en el almuerzo.
Nos despedimos con un gesto de la mano y continuamos nuestro trayecto hasta el fondo del recibidor, en donde se hallaban los ascensores y las escaleras que nos permitían acceder al edificio.
No tuvimos que esperar mucho la verdad. Como había un total de seis ascensores, estos no iban cargados de personas, por fortuna para mí; sino que solo un par de empleados entramos dentro de aquel cubo metálico de gran capacidad. Como era habitual, una música lenta y tranquilizadora sonaba por los altavoces.
—¿Qué tal llevas la traducción de Perlas Amarillas? —me preguntó Landon mientras el ascensor ascendía.
—Casi lo he terminado. Tal y como Ingrid me ha pedido, me quedé hasta que terminé de traducir el capítulo veintinueve. Solo me quedan cinco para terminarlo.
Me sentía muy orgullosa de mi trabajo, pues había conseguido quitarme aquel libro casi en un mes. No estaba acostumbrada a trabajar con textos cuyo lenguaje era tan técnico como lo era aquel libro. Había sido todo un reto que casi había superado. Eso sí, era consciente de que la autora tenía mucho potencial y estaba segura de que pronto nos tocaría a mí y a mis compañeros traducir otra novela suya.
—Eres una de las trabajadoras más eficientes de mi departamento, ¿lo sabías? Ingrid me lo ha dicho y la creo, solo hay que ver las horas que metes.
Me encogí de hombros. El ascensor paró en la cuarta planta y de este se bajaron un par de personas.
—Sabes que adoro mi trabajo. —Sonreí.
Por fin llegamos a nuestra planta. Mientras Landon avanzaba hacia su despacho, yo caminé hacia mi sección, que estaba en el centro de la estancia de suelos color café y paredes color ceniza. La planta era de estilo abierto y solo había tres estancias cerradas en ella: el despacho del jefe del departamento de traducción, el despacho de su secretaria y la sala de juntas. El resto estaba abierto. Cada sección ocupaba un pequeño área del piso. El mío estaba situado en el centro.
—Elliana, ¿podemos hablar un momento? —me preguntó Ingrid en cuanto llegué.
—Claro. —Esbocé una sonrisa sincera.
Con un movimiento de cabeza, me indicó me acercara a su mesa. Con un movimiento de mano, me pidió sin palabras que me sentara y eso hice. Crucé una pierna encima de la otra y esperé a que mi jefa me dijera lo que tenía que decirme.
—Necesito que me hagas un tremendo favor —habló por fin tras un silencio breve. Alcé una ceja, interesada por lo que escuchaba—. Necesito que hoy te encargues de pasar del alemán al inglés un texto de una de las mejores revistas científicas de Alemania.
—Pero… —No daba crédito a lo que oía. ¡Se suponía que ese no era mi trabajo! Joder, yo trabajaba en la sección de castellano, no en alemán aunque dominara la lengua—… Pero, Ingrid, sabes que estoy en plena traducción de Perlas Amarillas y que me queda poquísimo para acabar ese trabajo. ¿No podrías pedírselo a otra persona?
Ella suspiró y me lanzó una mirada reprobatoria. La comprendía, pero aun así…
—El jefe de la sección de alemán me lo ha pedido expresamente. Uno de sus trabajadores no ha podido venir hoy y ese artículo es muy importante. Te lo estoy suplicando. Además, esa novela en la que estás trabajando no va a ser publicada pronto, ¿verdad? Creo que tenían como fecha el…
—Diez de agosto —completé por ella. Claro que sabía cuándo se publicaría. Sabía que no era algo muy urgente, pero eso no quitaba que mi trabajo fuera más insignificante que aquel texto que estaba segura que me llevaría un par de días.
—¿Ves? No hay prisa. Ahora, hazme este favor, Elliana. Eres una de las que mejor controla el idioma.
Bufé y asentí con la cabeza, afirmando que lo haría.
—Está bien, lo haré.
Pero su expresión no cambió. Sí que suspiró aliviada, pero su rostro me mostró una sonrisa tensa. Así que supe que ella no había terminado.
—En ese caso, ponte con ello. Ah, y debe estar listo para este lunes a primera hora.
Hubo muchas ocasiones en la que quise estrangular a aquella mujer de apariencia inofensiva y rasgos angelicales. La primera vez fue cuando me obligó a traducir cinco libros a la vez. En esos momentos no sólo quise estrangularla, no. Quería acabar con su vida en un ritual sádico de tortura lleno de dolor, para que así no se olvidara de mí.
Sabía que aunque discutiera con ella saldría perdiendo, ya que ella siempre tenía que llevarse la razón en todo. Por lo que moví la cabeza arriba y abajo y le di mi mejor sonrisa falsa. Como toda persona común y corriente, un texto de unas seis mil palabras, que era lo que más o menos ocupaba uno de aquel género, me llevaría entre dos y tres días. Por lo que solo significaba una cosa: debía trabajar en casa.
Mi jefa me devolvió el gesto.
—Ve a tu puesto y ponte a trabajar.
Y eso hice.
. . .
—¡Menuda zorra! —exclamó Connor pinchando un trozo de su filete con fuerza.
—Elli, ¿por qué eres tan buena? —preguntó Luke clavándome sus preciosos ojos marrones ocultos bajo un par de gafas negras.
—¿Por qué no le cantas las cuarenta a esa loba con piel de cordero? —añadió Anna sin quitarme la vista de encima.
Oh, vaya. ¡Y yo que odiaba ser el centro de atención!
A raíz de aquel pedido, me había pasado toda la mañana tecleando en mi ordenador portátil, con la vista fija en la pantalla. Apenas había tenido tiempo para relajarme y, debido a ello, sentía que una leve punzada de dolor en mis manos. Abrí y cerré las manos varias veces en un vano intento para ahuyentarla, gesto que había repetido en varias ocasiones.
—¡Es mi jefa! Sabéis que si quiere, me podría echar sin apenas mover un solo dedo.
—Eso no está por encima de ti. —Se notaba a leguas de distancia el odio y el desprecio que tanto Connor como Luke le tenían a aquella mujer, y no era de extrañar. Ambos trabajaban en mi misma sección. Habían sido muy hospitalarios conmigo mi primer día de trabajo, enseñándome el funcionamiento de la empresa y contándome los últimos chismes de esta.
Bufé. Ya estaba cansada de aquel tema de conversación. Ellos siempre me recordaban que aquella mujer no era mejor que yo. También intentaban que luchara por mis derechos, pero yo sabía que sería en balde. Aquella odiosa mujer era toda una tirana.
—¿Qué tal os ha ido a vosotros el día? —intenté cambiar de tema.
Al instante nos sumergimos en una conversación acerca de cómo Connor había tenido el privilegio de ver al hombre indomable en el recibidor. Además, había podido disfrutar de su compañía en el breve viaje en ascensor que habían compartido juntos.
—¿Por qué tiene que ser tan inalcanzable? —se lamentaba.
Mientras tanto, el resto no pudimos evitar reírnos de la manera tan teatral en la que lo dijo. Amaba a aquel hombre con todo mi ser; sin lugar a dudas, había sido un gran acierto por mi parte haber sido contratada allí.
—A veces me pregunto cómo alguien que está tan bueno puede seguir siendo soltero —dije cuando ya estábamos tomando el postre.
—¿Has visto su trasero? Te juro que no he visto nunca uno tan acolchado y definido —comentó Connor.
No había que decir que él era homosexual. Era todo lo que una mujer deseaba tener como amigo: alguien semejante a ella, pero con el doble de locura.
Pasar aquel rato, por pequeño que fuera, fue lo mejor que me pudo pasar. Me ayudó a recargar las pilas para seguir trabajando hasta el final de mi jornada laboral.
. . .
—¿Estás segura que no quieres venir con nosotras, Elli? —me preguntó Genevieve, saliendo de su dormitorio vestida con un despampanante vestido de lentejuelas que dejaba poco a la imaginación.
—Estoy segurísima de ello, pero gracias por intentarlo.
—Oh, Elli, no me cansaré de decirte lo aburrida que eres a veces —dijo llevándose una mano al cabello y comprobando que no había ni una sola hebra fuera de lugar.
Puse los ojos en blanco mientras dejaba mi portátil en la mesa del salón. Ir de fiesta era algo que yo no encontraba divertido; es más, me parecía una tortura. Alcohol por todos lados, personas bebiendo sin control, música alta por doquier… Sí, prefería quedarme en casa.
—Vale, Genevieve, ya estoy lista para pasarlo bien —escuché que decía Winter entrando a la estancia de estilo abierto ataviada con un llamativo y provocativo vestido rojo. Era pegado al cuerpo y mostraba todas y cada una de sus muchas curvas. Para no pasar frío, se había puesto unas medias negras que había combinado con unos botines negros de tacón.
En ese momento sentí envidia de ellas dos, porque no temían lo que las personas pensaran de ellas. Yo, en cambio, me preocupaba por ello. Tampoco era una mujer a la que le gustara llamar la atención. Pese a ello, me sentía muy a gusto conmigo misma.
El portero sonó y, al instante, mis amigas se acercaron a la entrada.
—Ese debe de ser Landon. ¡Nos vamos! Disfruta de la noche, Elli —se despidieron de mí ambas y, después de responder a la persona que había tras el auricular con un “ya vamos”, salieron por la puerta.
Para mí uno de los mayores placeres de la vida no era salir de fiesta con mis amigos ni salir en busca de mi otra mitad. Para mí algo que me llenaba era pasar tiempo con ellas haciendo cosas normales que para el resto serían aburridas: ver series, hablar hasta bien entrada la noche o ir al cine.
Una vez sola, presioné el botón de encendido del aparato electrónico y, mientras este se encendía, fui a la cocina a prepararme un chocolate caliente, la bebida que más me gustaba y que en esos momentos bien me merecía. Una vez lo tuve entre mis manos, lo llevé al salón y lo deposité en la mesita de cristal.
Otro de mis placeres de la vida era escribir. Era algo que me sacaba de mi rutina diaria, que me permitía ser otra persona diferente y sentir lo que ella sentía durante unos instantes. Busqué la carpeta en donde guardaba todos mis escritos y la abrí. Presioné el último documento que había empezado hacía unos meses, una novela romántica, y esperé a que este se cargara.
Uno de mis sueños era publicar una de las muchas novelas que había escrito a lo largo de mi vida, desde que había descubierto que amaba el poder de las palabras y que disfrutaba de emplearlas para entretener a los demás. Sabía que sería difícil visto lo exigentes que eran las editoriales, pero aun así nunca había perdido la esperanza.
Así fue cómo pasé aquella noche, sola en el apartamento inmersa en mis pensamientos, tanto que no fui consciente del paso del tiempo. Solo cuando mi lista de música que empleaba para escribir se terminaba y debía apartar la mirada de la pantalla era consciente de ello. Esa era una de las cosas que más me gustaban de ella.

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