Elliana:

—¡No me puedo creer que hayas hablado con el hombre indomable! —exclamó Genevieve con ese entusiasmo que tanto la caracterizaba.

Hombre indomable era el apodo que todos los empleados de FosterWords le habían asignado al jefe de la editorial debido a su escaso historial de citas. Las revistas de cotilleo también le llamaban el soltero de oro. No era para menos debido a que era un hombre muy rico. Yo diría que cada día podría bañarse en billetes de cien dólares.

—No me lo recuerdes, por favor —supliqué. Noté cómo me ardían las mejillas. Seguro que se me habían puesto tan roja como los tomates maduros.

Cuando esa misma tarde había entrado a toda prisa en el ascensor, no me fijé que quién venía en él era Derek Foster. Estaba tan cansada que no fui consciente de ello.

Y me avergüenzo, por supuesto que me avergüenzo de ello. ¿Cómo fui tan estúpida de no reconocerle? ¡Con lo atractivo que era!

—Ojalá hubiese estado ahí —comentó Winter desde la otra punta del sofá—. Tu reacción debió de haber sido de lo más graciosa. —Hizo un intento horrible de lo que en realidad debió de haber sido mi expresión de idiota. ¿Qué imagen tan patética tendría de mí aquel hombre?

Jamás en mi vida había pasado tanta vergüenza y eso ya era decir mucho. Digamos que no era la clase de persona a la que le gustara llamar la atención. Solo de pensar en dar un discurso delante de todos me daban escalofríos. Mis amigas decían que era muy tímida; yo prefería definirme como una persona comedida.

—Sois unas malas personas —las acusé en broma mirándolas.

Winter y Genevieve eran mis dos grandes amigas. Conocía a Winter desde la infancia y, debido a ello, se había convertido en mi mejor amiga al momento.

Genevieve se coló en mi vida pasados varios años de la secundaria. Ella se mudó de ciudad y su carácter tan optimista y entusiasta hizo que Winter y yo la acogiésemos bajo nuestro ala. Las tres éramos inseparables y, debido a ello, al terminar la universidad habíamos decidido alquilar aquel apartamento situado en junto al Jardín Botánico 6BC, en East Village y Lower East Side.

—Pero nos quieres igualmente. —Winter me tiró un beso. A modo de broma, estiré el brazo y fingí recogerlo llevándomelo al pecho como si fuese el mayor de los tesoros.

—¿Qué voy a hacer con vosotras dos? —me pregunté a mí mismas sonriendo.

Uno de los mayores placeres que tenía era pasar mi tiempo con ellas. Había sido el mejor regalo que me había dado la vida, o eso creía en ese momento. Ellas y yo nos complementábamos. Yo era tímida, pero ellas hacían que ese lado mío que a veces odiaba desapareciese. Pasar aquellos momentos en los que peor me sentía con ellas era muy importante para mí.

—Ahora en serio, Elli —habló Genevieve clavándome sus ojos pardos. Me gustaba lo bien que combinaban con su cabello, rojo como el fuego—, no debes sentirte abochornada. Ese error seguro que lo han cometido otros.

—No creo que… —Pero Winter no me dejó hablar.

—Estabas cansada después de haber trabajado horas extras. Te entendemos. A mí también me habría pasado lo mismo si me hubiese pasado tanto tiempo encerrada en mi estudio de moda diseñando sin parar.

Las miré con los ojos repletos de lágrimas de emoción. Aquellas dos mujeres eran todo un brillante en bruto y yo tenía mucha suerte de conocerlas.

Me levanté del sofá y abracé a cada una con fuerza.

—Gracias, chicas, sois las mejores.

—De nada —dijeron al unísono.

—Ahora, vayamos a lo importante. ¿Está tan bueno como en las portadas de las revistas? —preguntó Genevieve.

No pude evitar soltar una gran y estruendosa carcajada que estoy segura que llenó cada rincón de nuestro apartamento. Típico de ella.

—Es un hombre que te corta la respiración solo con su presencia. Me encantaría haber pasado más tiempo con él —dije.

—¿Sabéis? No me importaría montármelo con él. Ya sabéis a lo que me refiero.

Genevieve amaba el sexo, pero uno de sus defectos, según ella, era que las relaciones largas la cansaban. Nunca había visto a mi amiga en una relación que durara más de dos meses. Eso sí, si esa relación solo implicaba sexo, ella era capaz de aguantar años, tal y como le estaba pasando con Jakson, un chico que había conocido en una discoteca y con el que lleva manteniendo un amorío de tres meses.

—Pobre Jakson —dijo Winter con cara de pena.

Nuestra amiga puso los ojos en blanco.

—Venga ya. Sabéis que eso no es nada serio. No me gusta atarme.

—Ya, pero creo que a Jakson le gustas realmente —objetó Winter.

—¡Estáis locas de remate!

Ahí íbamos de nuevo. Winter y Genevieve habían discutido mucho últimamente respecto a ese tema. La primera decía que la segunda debía pensar en sentar la cabeza. Mientras tanto, la segunda pensaba que todavía no estaba lista para ello. ¡Por Dios, ya estaba harta de tanta discusión! No iba a permitir que empezasen de nuevo.

—Chicas, chicas. ¿Qué os parece si encargamos una pizza para cenar? —propuse cambiando radicalmente de tema.

Ambas me miraron sin pestañear, de esa manera que me ponía tan nerviosa.

Permanecieron así varios segundos hasta que ambas estallaron en carcajadas. Bien, eso era bueno. La pizza era su debilidad.

—Me parece bien. Tengo ganas de comer comida basura —dijo Winter acercándose al teléfono fijo que habíamos instalado en la sala de estar.

—¿De qué las queréis? —pregunté cogiendo una libreta pequeña que teníamos encima de la mesa de cristal de la estancia y un bolígrafo que había a su lado.

—Barbacoa.

—Texana.

Anoté ambos pedido y añadí una de cuatro quesos. Las tres éramos tan glotonas que podíamos acabarnos tres pizzas entre las tres. A veces lo que nos sobraba lo desayunábamos al días siguiente.

Winter hizo el pedido y en media hora más o menos lo tuvimos con nosotras. Después de pagar y preparar la mesa del comedor, empezamos a cenar. Pusimos una serie que las tres estábamos viendo. Así fue cómo pasamos aquella noche, riendo y hablando entre nosotras. Lo mejor del mundo.

. . .

El viernes fue un día de invierno muy frío. Para empezar, se nos apagó la calefacción y, por ende, cuando las tres nos levantamos, hacía un frío de mil demonios dentro del apartamento. Bajo las mantas no se notaba, pero cuando una se levantaba…

—¡Otra vez no! —escuché que exclamaba Winter desde su dormitorio, situado al lado del mío—. ¡Ya es la quinta vez en todo lo que va de mes!

La calefacción se había estado parando varias veces en lo que llevábamos de mes. Habíamos llamado a un técnico, pero siempre nos ponía excusas de última hora.

Salí de la habitación vestida únicamente en pijama y me reuní con mis amigas en el pasillo. Era una imagen muy usual en nosotras: las tres estábamos envueltas en nuestros pijamas calentitos; Winter se había puesto también una bata encima del suyo de color arco iris con el dibujo muy mono de un unicornio encima del pecho izquierdo, regalo de Genevieve y mío.

—Voy a llamar a un técnico y le voy a exigir que venga hoy mismo. Esto no puede seguir así —dijo Genevieve tomando las riendas del asunto y sacando su teléfono móvil.

Mientras ella hacía esa llamada, Winter y yo fuimos a la cocina y preparamos el desayuno para las tres: dos cafés y un chocolate con leche, tostadas y tres vasos de zumo de naranja. Estábamos colocando todo en la isla que usábamos a modo de barra de desayuno cuando Genevieve entró en la estancia con una sonrisa triunfal dibujada en sus labios.

—¡Conseguido! Vendrá hoy sobre las doce.

La caldera estaba en el pequeño cuartito en donde teníamos la lavadora y secadora, y que también usábamos como cuarto para planchar la ropa. Antes de sentarme a desayunar, fui ahí e intenté encenderla, pero, por desgracia, esta decidió que no quería trabajar ese día. Lo intenté de nuevo, pero el motor no arrancaba.

Genial, ¿qué significaba eso? Que estaríamos sin calefacción ni agua caliente hasta que la arreglaran.

—¿Dime que se ha encendido y que tendremos agua caliente?

Negué con la cabeza, provocando que mi moño deshecho se moviera de uña lado para el otro. Era una manía que tenía: debía dormir con el cabello recogido si al día siguiente no quería parecer una oveja debido a que mi cabello era ondulado.

—Lo siento, pero no, no funciona.

Mis dos compañeras soltaron un quejido lastimoso.

—Buff, y yo que quería ducharme antes de irme al estudio…

—Siempre puedes hacerlo con agua fría —le dijo Genevieve.
Winter le clavó sus ojos del color del chocolate y le lanzó una mirada que lo decía todo.

—¿Estás loca? Sabes que no aguanto el frío. —Y para hacer que sus palabras fuesen más reales, se protegió del frío acurrucándose en su bata. Sin lugar a dudas, ella era la más friolera de la tres.

Me senté junto a ellas y empecé a tomar mi desayuno. Le di un gran sorbo a mi chocolate y disfruté de su sabor. Amaba esa bebida y odiaba con toda mi alma el café. No sabía cómo mis amigas podrían tomarlo si era la bebida más asquerosa que había probado en mi vida.

—¿Quieres que te lleve al trabajo hoy, Elli? —me preguntó Winter.

Estaba masticando una de mis tortitas, así que no contesté hasta que tragué.

—Claro. —Sonreí.

No tenía coche propio, pero sí carné de conducir. Lo sé, era patética.

Genevieve no necesitaba el coche para nada. Ella era profesora de primaria en una escuela que estaba a dos calles de aquí. Había sido toda una afortunada al obtener aquel puesto de trabajo y, en mi opinión, se lo merecía. Había trabajado muy duro para lograrlo.

Fui a mi habitación y me vestí de forma elegante. Ese día opté por un vestido de tubo negro, una blusa gris claro con toques rosas y un jersey rosa. Me puse unos zapatos de tacón a juego del jersey y fui al baño para prepararme.

Dentro de esas cuatro paredes llenas de azulejos granates me lavé los dientes y, después, me maquillé sutilmente. No quería parecer un payaso, tal y como lo hacían varias compañeras de mí mismo departamento. Me apliqué un poco de base, de corrector y de sombra de ojos en un efecto ahumado. Dejé mis labios libres de maquillaje.

Lo siguiente que hice fue peinarme. Al tener el cabello ondulado, por las noches se me enredaba tanto que, si dormía con el pelo suelto, a la mañana siguiente me levantaba con unas melenas similares a las de un león. Esa era la razón de que siempre durmiese con un moño.

Así que deshice el que llevaba y me lo enrollé alrededor de mi cabeza a modo de corona trenzada.

—¡Elliana, en diez minutos salimos! —escuché el grito de Winter desde lejos.

—¡Oído cocina!

Me aseguré de nuevo de que mi imagen estaba bien y salí de aquel cuartito que cubría todas nuestras necesidades básicas.

Fui a mí habitación, que estaba al final del pasillo, y tras ponerme el abrigo rosa palo y coger el bolso a juego de la falda, salí de ahí y caminé a la sala, en donde Winter ya me esperaba.

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