Derek:

No sé cuándo mi vida se había vuelto tan monótona, pero en ese momento, sentado en mi despacho, me di cuenta de ello. Estaba revisando unos informes sobre las últimas ventas de aquel mes cuando me vino a la cabeza la última vez que salí a divertirme de verdad con los chicos. Había pasado casi un mes desde aquello, mucho tiempo a mi parecer, demasiado quizá.

Unos golpes en la puerta me distrajeron de mis pensamientos.

—¿Puedo pasar? —Era Grayson, mi mano derecha en la empresa que mi dirigía desde que mi padre se había retirado del negocio familiar. No hacía falta que pidiera permiso, puesto que ya había irrumpido en la estancia.

Alcé la mirada de la montaña de papeles cargada de gráficos y palabras.

—Claro. ¿Pasa algo?

Grayson señaló la carpeta que llevaba consigo, algo abultada.

—Landon Brooks, el jefe del departamento de traducción, me ha dado esta carpeta.

—Se acercó a mi escritorio y la dejó sobre él con un golpe seco. La miré con temor, pensando en la cantidad de trabajo que me quedaría todavía por hacer y que seguramente tendría que llevarme a casa para adelantar—. Ese departamento trabaja muy duro, Derek. Deberías recompensárselo de algún modo.

Él tenía razón. Las últimas semanas ese departamento había incrementado la cantidad de libros traducidos en un veinte por ciento. Sobre todo, se notaba en la sección encargada del idioma castellano, ya que los empleados que trabajaban en él habían traducido todos los libros antes de la fecha límite.

—Me encargaré de ello más tarde —dije volviendo a centrarme en mi trabajo.

Grayson se dio cuenta de eso, así que se despidió de mí de manera educada y salió de mi despacho.

Así eran mis días, encerrado entre aquellas cuatro paredes y revisando documentos y más documentos en el caso de no tener alguna reunión. Me gustaba mi trabajo, no me mal interpretéis, solo que a veces me parecía un tanto aburrido y solitario.

Mi padre me había enseñado cómo ser un tiburón en los negocios a pesar de mi juventud. A veces eso era molesto, puesto que los dueños de otras empresas con las que estaba en contacto FosterWords, la mía, solían doblarme la edad. Era desconcertante que alguien tan joven como yo, que apenas rondaba los veintisiete años, fuera el dueño y jefe de una de las editoriales más importantes del país.

Continué trabajando hasta que mi estruendosa alarma inundó la estancia, anunciándome que ya había terminado por hoy. Sin embargo, decidí quedarme hasta terminar con aquella montaña de papeles que poco a poco había decrecido.
Por fortuna, dos horas después pude dar por finalizada mi tarea de revisión. Ahora solo me quedaba redactar un informe sobre todo lo que había leído y podría descansar en paz. Como ya me quedaba poco, decidí tomarme un breve descanso.

Me estiré en mi asiento y me volví para mirar las vistas que tenía desde mi gran ventanal de la ciudad de Nueva York. La vida que había en las calles junto a las luces le daban un toque hermoso y mágico al mismo tiempo que solo provocaba que cada día amara más aquella ciudad.

Me levanté de mi asiento giratorio beige y caminé por aquella estancia de suelos de mármol blanco y paredes grises hasta llegar a la gran puerta de madera. Tomé el pomo y tiré de él para salir de ahí. Necesitaba tomarme un café con urgencia antes de ponerme con el informe.

Mi despacho estaba en la última planta del edificio, aquella que estaba dirigida únicamente a los directivos de la empresa. Una de las ventajas de estar en el último piso era que habíamos instalado una pequeña zona en la que nos podíamos relajar al mismo tiempo que tomábamos unos aperitivos. Fue a ese lugar al que me dirigí, pero al llegar me llevé un gran chasco: no quedaba café. Por desgracia para mí, mi secretaría hacía mucho que se había ido a casa, por lo que me tocaría bajar hasta la primera planta, la zona destinada a la cafetería y al restaurante.

Caminé hacia el fondo de la gran estancia. Dejando a un lado los despachos de mi mano derecha, mi secretaría y el mío y la sala de juntas, aquel piso, al igual que el resto, era una gran planta abierta. Además, esa zona de descanso estaba al lado de los ascensores. No tuve que caminar mucho.

No soy un vago, pero digamos que me gustaba aprovechar al máximo mi tiempo. Ir hasta la cafetería para volver era una idea que no me parecía de lo más atractiva que digamos. No obstante, tuve que hacerlo. Presioné el botón de uno de los elevadores y esperé hasta que uno de ellos llegara al último piso.

Lo que habría dado en ese momento por estar en mi apartamento, descansando tras un día duro leyendo en mi biblioteca privada. Pero mi sentido común me decía que debía acabar ese día el informe, y era lo que haría. Porque no hay nada más gratificante que el trabajo bien hecho.

Un pitido me distrajo de mis pensamientos. Era el ascensor que ya había llegado. En cuanto las puertas metálicas se abrieron, me metí y pulsé el botón de la primera planta. Al cerrarse las puertas, una música odiosa empezó a sonar de los altavoces. Cómo aborrecía esa melodía, me volvería loco si…

El ascensor se paró en la decimoquinta planta de manera muy brusca. Una mujer entró a toda prisa cargando un gran bolso.

—Buenas tardes —me saludó esbozando una cálida sonrisa.

La miré de arriba a abajo. Era hermosa, no cabía duda. Su pelo era rubio como el trigo y los ojos de un azul zafiro llamativo. Llevaba una fina capa de maquillaje que cubría su piel tersa y libre de imperfecciones. Su vestido de tubo pegado al cuerpo exhibía todas y cada una de sus curvas, aunque no eran muchas. No llevaba pintalabios, no en ese momento, pero cabía la posibilidad de que lo hubiese llevado en algún momento.

—Buenas tardes. —Le devolví el gesto—. Señorita…

—Jones. —Amplió más su sonrisa.

—Señorita Jones, es un placer conocerla —dije cordialmente—. Dígame algo, ¿por qué está aquí a estas horas cuando su turno ya debe de haberse terminado?
La mujer no se amedrentó, ni de lejos. Clavó sus ojos en mí como si estuviese analizándome antes de contestar si borrar esa bonita mueca de sus labios.

—Mi jefa me ha pedido que finalice la traducción de uno de los capítulos antes de que me fuera. Por desgracia, me ha llevado más tiempo del que había pensado, pero no importa. Tampoco tenía planes para esta tarde —respondió ella mirándome a los ojos. No sabía decir por qué, pero había algo extraño en ella que…—. ¿Y usted? ¿Qué hace a estas horas de la tarde en la empresa, señor…?

La miré con incredulidad. ¿En serio no sabía quién era? ¿Acaso vivía en una caverna sin televisión ni revistas?

—Foster. —Le tendí la mano.

Los engranajes de su cabeza debían de haber hecho <<clic>>, por cómo me miró. Parecía un cervatillo asustado, la pobre. Creo que en ese momento fue realmente consciente de quién era yo. La situación me resultó de lo más jocosa. Era una lástima que no la hubiese grabado.

Apartó la mirada y la posó en la pared. La miré y no fui consciente de ello hasta que el ascensor llegó a la primera planta y me bajé de ahí. Volví a clavar mi mirada en ella y, antes de que las puertas se cerrasen, sus preciosos ojos azules se posaron en los míos.

. . .

Llegué a mi apartamento pasadas las ocho de la tarde. Estaba agotado y no era de extrañar. Sin embargo, también me sentía satisfecho conmigo mismo por haber realizado todas mis tareas. Ahora podría descansar en paz, con la conciencia tranquila.

Dejé las llaves sobre el cuenco de cristal que estaba en la pequeña mesa de madera que había en el recibidor y me metí directamente en la cocina. No era un cocinero experto, pero sí que sabía cocinar las cosas más básicas. Era por eso que me preparé un sándwich de carne. Ese día me apetecía cenar temprano.

Una vez listo, lo puse en un plato y lo llevé a la isla de granito que había en el centro de la estancia. Me senté en uno de los taburetes y disfruté de cada bocado, saboreando cada pedazo y disfrutando de aquel momento de paz. Miré las noticias en la televisión con aire distraído, apenas prestando atención de lo que decían.
Era un hombre acostumbrado al ruido y al bullicio de la ciudad, pero aquel apartamento estaba lo suficientemente apartado del mundo como para proporcionarme aquel paraíso. Disfrutaba de la tranquilidad, la amaba. Pensaba que no había nada mejor que ella, hasta que alguien me enseñó por las malas que necesitaba un cambio.

Después de la cena, me cambié de ropa tras una bien merecida ducha de agua caliente. Una de mis manías era cantar bajo el chorro, me relajaba, y esa no fue la excepción. Estuve casi veinte minutos ahí, disfrutando de la sensación del agua recorriendo mi piel desnuda y cantando mi repertorio de canciones.

Salí de la ducha totalmente relajado. Me envolví una toalla en la cintura y me sequé con tranquilidad. Cuando terminé todo el ritual de vestirme, me preparé una taza de té en la cocina y fui a mi dormitorio. Allí había una pequeña terraza privada que era todo un tesoro para mí. En el camino cogí un libro que había empezado a leer hacía un par de días y salí al frescor de la noche.

El ruido amortiguado de los coches me relajó. Intenté centrarme en la lectura, pero no fui capaz. No podía borrar de mi mente aquellos ojos tan hermosos. ¿Cómo una mujer podía cautivarme con solo una mirada?

La mujer parecía provenir de una familia adinerada, como la mayoría de mis empleados. Era muy exigente con el expediente y solo admitía a aquellos que mejor cualificados estaban. No quería mediocres dentro de mi empresa. Así que seguramente aquella mujer sería como el resto de mujeres de la empresa: a la hora de salir con alguien sólo se fijaría en su billetera. Eso estaba más claro que el agua.

“No te distraigas”, me dije en un vago intento por volver a centrarme en el libro, pero fue en balde. Por la noche tampoco fui capaz de pegar ojo. A mi mente venía la imagen de aquella mujer, en especial de aquellos ojos tan seductores. ¡Maldita mujer de ojos azules!

………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

Nota de autora:

He decidido compartir con vosotros este nuevo proyecto que también estoy publicando en Wattpad.

Espero que lo disfrutéis.

Anuncios