Era un día como cualquier otro. La alarma retumbó por las cuatro paredes de su habitación, alejándole de aquel pequeño mundo idílico en el que se había sumido por una horas de sueño reparador, trayéndola de nuevo al oscuro presente. Se estiró como un gato y, sin muchas ganas, se levantó de la mullida cama. Se preparó tal y como lo hacía todas las mañanas, sin aplicarse ni una sola gota de maquillaje.

Salió de la habitación una vez estuvo lista para afrontar un nuevo día. Su madre la esperaba en la cocina, friendo el desayuno. La saludó con un vago “Buenos días” y una sonrisa triste. Tomó su desayuno en silencio y con lentitud.

Pronto se encontró saliendo de casa, dispuesta a pasar un calvario de día.

Laura no era como las demás chicas de su edad. No era muy popular en el instituto, no tenía amigos, era tímida y callada, y, por si fuera poco, sacaba unas excelentes notas. Es por eso que el resto de compañeros no la apreciaba demasiado.

Al llegar al gran edificio lleno de adolescentes de hormonas revolucionadas, cayó de bruces contra el suelo a causa de una zancadilla que Susana, la chica más popular y guapa de la clase, le había puesto. Lo único que escuchó fueron las risas y las burlas de sus compañeros.

Apretó los puños con fuerza hasta que los nudillos se volvieron blancos, pero no dijo nada. Se recolocó las gafas de pasta negra sobre el puente de la nariz y fue corriendo hacia su taquilla. Las risas la acompañaron durante todo el trayecto y se intensificaron cuando la chica de apenas dieciséis años vio que habían escrito con spray rojo “Zorra” sobre ella.

Las mejillas de la muchacha se tiñeron de rojo. Se sintió humillada de nuevo y quería que todo eso parara de una vez, quería ser aceptada por sus compañeros y no ser el objetivo de sus bromas y pullas. Suspiró y abrió la puerta metálica con fuerza para coger los libros que necesitaría esa mañana.

Llegó la primera a clase y, como solía pasar, no se hizo notar por la profesora. Atendió en clase y tomó notas de lo que creía que era importante sin apenas participar. En varias ocasiones le llegaron notitas con mensajes como “¿A esos harapos les llamas ropa?” o “Fea”. En todos los casos rompió todos los post-it en mil pedazos.

El día fue lento y horroroso. Susana y sus cómplices no la dejaron respirar. Si no estaban burlándose de su manera de vestir, lo hacían de su aspecto físico. Cabe destacar que la joven no tenía una buena imagen de sí misma debido al acoso constante que recibía en el colegio y del que nunca habló.

Cuando el día terminaba, Laura era la primera persona que salía del instituto. No obstante, el acoso nunca cesaba, pues siempre recibía mensajes ofensivos a través de las redes sociales.

Los días fueron pasando uno detrás del otro y el infierno que la muchacha sufría se iba haciendo cada vez más intenso y constante. En ocasiones sus compañeros la encerraban en el cuartito de los bedeles con las luces apagadas y, a pesar de sus constantes gritos pidiendo ayuda, pasaba horas ahí metida, llorando acurrucada contra una de las paredes. Otras veces Susana le agarraba del cabello con fuerza mientras soltaba palabras envenenadas por la boca.

Por eso un día la joven explotó, no lo pudo aguantar más. Al volver del instituto se encerró en el baño y se miró al espejo mientras todos los insultos que sus compañeros decían se repetían constantemente en su cabeza. “Te sobran unos cuantos kilos”, “Púdrete”, “Come libros”.

Cerró los ojos, respirando profundamente. “Puede que tengan razón”, pensaba ella envuelta en un mar de lágrimas. La realidad era que ella tenía el peso ideal para su edad y era una devoradora de libros. Laura no le veía el lado malo de todo aquello, pero ¿por qué los demás sí lo hacían?

Sin poder soportar más toda aquella congoja que sentía, salió de ahí decidida a hablar con su madre. La encontró en el salón, viendo un programa de cocina. Se puso en frente del televisor y dijo las tres palabras que cambiaron su vida:

—Mamá, ¿podémos hablar?

. . .

Gracias a la ayuda que ha recibido, Laura ha sido capaz de salir adelante y en estos momentos es una de las creadoras de una asociación contra el acoso escolar que anualmente participa en muchos seminarios y visita varias escuelas e institutos. Sin embargo, hoy en día hay muchos niños y niñas que no logran salir de ese agujero o que eligen el suicidio como única salvación. Tal y como le pasaba a nuestra protagonista, los abusos no se detienen una vez que estos niños salen de la escuela, puesto que gracias a las nuevas tecnologías su sufrimiento no cesa ni cuando están en casa.

image¿Qué es el acoso? Es hacer daño de manera intencionada a alguien que no puede defenderse o que es probable que no se defienda y a quien nadie defienda. Puede ser físico, verbal y social. En el caso de Laura, era de los tres tipos ya que era humillada socialmente y la agredían física y verbalmente.

La mayoría de los agresores no son rechazados por sus compañeros; es más, suelen ir acompañados por un grupo de “cómplices” o “secuaces” que le ayudan a martirizar a la víctima. Muchas de ellas tienen un autoestima baja que puede ocasionar problemas en la manera de relacionarse con los demás cuando sean adultas.

Creo que como padres y profesores, nuestro deber es observar si nuestros hijos o alumnos pueden estar siendo víctimas del acoso escolar y, si ese es el caso, ayudarles y apoyarles en todo momento. Debemos serles de confianza para que en un futuro sean capaces de confesarnos cualquier problema grave que tengan. Y si dan alguna señal al respecto, debemos intervenir y solucionarlo. No dejemos que estos niños sufran más ni que los agresores se salgan con la suya.

¡Decid no al bullyng!

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