Rawdha vive en uno de los pequeño barrio de Bilbao junto a su hijo Samir. Da clases en un colegio de primaria de la zona y a veces sale a hacer footing con sus amigas. Samir está cursando segundo de Bachillerato. Se podría decir que tienen una vida muy acomodada. Nadie diría el oscuro pasado que dejaron atrás en Siria y el duro viaje en el que se embarcaron para conseguir la vida que tienen ahora.

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Nos situamos en Siria, en un pequeño pueblo cerca de Damasco, diez años antes. Rawdha y Samir vivían en una pequeña casa, disponiendo de lo justo para sobrevivir, pues su sueldo no daba para más. El padre de Samir había fallecido un par de años atrás y la mujer no había vuelto a casarse, por lo que no contaba con otra fuente de ingresos.

La situación del resto de los ciudadanos era similar. Vivían en casas tan pequeñas que podrían ser más bien llamadas “chabolas”. Era un pueblo pobre que había quedado eclipsado por la riqueza de la capital. Es por eso que un día, harta de todo, Rawdha tomó la decisión más dura de su vida: emigrar a otro país en el que pudiera empezar de cero y cumplir sus sueños. Pero, ¿cómo lo haría?

Una noche, sin planearlo demasiado y cogiendo lo poco de valor que tenía, salió de su pueblo con Samir, quien le agarraba la mano, con miedo y sin saber qué estaba pasando. No miró atrás en ningún momento, a pesar de todos los obstáculos que se le pusieron en el camino.

Pasaron días sin comer, durmiendo a la intemperie, pasando frío, de pueblo en pueblo, dejando cada vez más lejos su hogar, superando poco a poco todo lo que se les ponía por delante: negativas por parte de gobiernos a la hora de pedir asilo, falta de recursos de las ONGs… La lluvia y el viento eran tan intensos a veces que les complicaba el seguir adelante. Pensar que con cada paso que daba quedaba menos para llegar a su destino la mantenía cuerda y con fuerzas para continuar.

Sus ojos fueron testigo del terror que sentía su país a causa de los ataques y amenazas terroristas diarios. La gente apenas salía de su casa porque tenían demasiado miedo de encontrarse con esos grupos guerrilleros.

Esa era una de las razones por las que huía, porque no quería tener nada que ver con aquellos que pertenecían al denominado grupo ISIS. No estaba de acuerdo con sus creencias ni con su forma de actuar. Tampoco quería que su hijo creciera en un país plagado de miedo y violencia, donde las bombas y los tiroteos eran el pan de cada día.

Tardaron varias semanas en llegar a Latakia, una ciudad costera en la que había un gran puerto de donde llegaban y salían gran cantidad de productos. Con el poco dinero que les quedaba, Rawdha compró una pequeña tienda de campaña en la que pudieran dormir algo más cómodos cuando la suerte no estaba de su lado y se veían obligados a dormir bajo las estrellas.

Allí, en Latakia, su plan dio un giro radical. Una noche, mientras buscaba un refugio en donde pasar la noche, escuchó a dos personas hablando sobre una pequeña huida que tendría lugar en el puerto, en el embarcadero quince. Fue entonces cuando las llamas de la esperanza crepitaron con fuerza dentro de ella: por fin tendría la oportunidad de salir de allí.

Así que esa misma noche, un poco más tarde, arrastró a Samir hasta el puerto. El pequeño estaba cansado y no dejaba de repetirlo una y otra vez, pero ella no le prestaba atención, pues estaba decidida en abandonar el país de una vez por todas.

La barcaza fue fácil de encontrar, ya que había un gran número de personas en el lugar acordado, había muchas familias y muchos jóvenes. La patera era lo suficientemente grande como para poder llevarles a todos, pero lo que más le preocupaba era que solo disponía de un pequeño motor en la popa y no de un techo que les pudiese mantener secos en caso de lluvia. Aun así, era todo lo que necesitaban para poder huir.

Subieron a la embarcación uno por uno y, una vez que todos estuvieron acomodados, se empezaron a alejar del muelle. No tenían un rumbo fijo, solo un único objetivo: salir de Siria. Así fue cómo pasó, salieron de allí con más voluntad que acierto, fue un viaje plagado de peligros.

El primer día, una fuerte lluvia les pilló desprevenidos y, al no disponer de un techo, se calaron hasta los huesos. El viento tampoco ayudó mucho, pues este era tan fuerte que balanceaba la barcaza de un lado a otro. El mar estaba tan revuelto que se quedaron sin motor debido al fuerte oleaje, dejándolos a la deriva.

Otro contratiempo fue que varios niños enfermaron a causa del temporal, Samir incluido. Tenían mucha fiebre y no dejaban de temblar. Rawdha estaba muy preocupada por la salud de su hijo.

Todas las noches se preguntaba si estaba haciendo lo correcto arrastrando a su hijo con ella a un mundo y una nueva vida desconocidos, sin saber qué les estaba esperando allá donde iban. Por las noches, cuando el frío era tan insoportable que no podía conciliar el sueño, deseaba que ese viaje terminara de una vez por todas.

Pero un día todo eso cambió. Al principio solo fue un mero punto en el horizonte, un punto que se convirtió en un rayo de esperanza entre la oscuridad devastadora que se había instalado en su mente.

Llegaron a tierra firme tras viajar varias semanas a la deriva. Rawdha estaba tan emocionada que estuvo a punto de besar el suelo, mientras las lágrimas saltaban de sus ojos. Pensaba que ahí se acabarían todos sus problemas, pero no sabía cuán equivocada estaba.

Para empezar, el idioma que se hablaba allí era totalmente desconocido para ella, ya que solo hablaba en árabe. ¿Cómo conseguiría comunicarse con los demás?

Otro de los inconvenientes fue que no traía dinero alguno consigo y no sabía cómo iba a conseguirlo, pues carecía de un puesto de trabajo a pesar de su titulación. Debía empezar de cero.

Al principio fue duro para los dos, pero gracias a las ayudas que le dio el gobierno, pudo costearse un pequeño apartamento. Gracias a las clases impartidas por distintas ONGs y a los talleres que se organizaban en el colegio, tanto ella como su hijo lograron dominar el idioma.

A pesar de que le costó bastante encontrar un empleo, al final la directora del colegio de Samir, consciente de su situación, le ofreció un contrato como profesora sustituta y tiempo después, viendo lo bien que se desenvolvía en el centro, le ofreció un puesto fijo.

Unos años después, fue capaz de prescindir de las ayudas y se pudo permitir un piso en un barrio de la capital vizcaína. Si no fuera por su pronunciado acento y sus marcados rasgos faciales, nadie diría que eran extranjeros.

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El caso de Rawdha es uno de los tantos que pasan a diario y que tanto escuchamos por la televisión o la radio últimamente: inmigrantes que vienen en pateras en busca de un final feliz, de una vida mejor, huyendo de la miseria y el terror que pasan a diario en sus países de origen, dejando atrás la pesadilla en la que se ha convertido sus vidas. Ella ha conseguido su final feliz, pero muchos de ellos ni siquiera consiguen llegar a tierra sanos y salvos. Lo peor de todo es que a pesar de ser un tema que está en boca de todos, la mayoría no es consciente de la terrible situación que deben vivir a diario estas personas para sobrevivir. Por eso debemos hacer algo, para que personas que no han tenido la suerte de Rawdha logren alcanzar los sueños y la vida que han venido persiguiendo.

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